Las elecciones cuestan dinero y, a los pocos meses, se notan sus efectos.
Con los años uno aprende que todo se acaba pagando, de una forma u otra y las centenares de inauguraciones que afloraron por la gestión del anterior gabinete Imbroda tienen en estos días sus consecuencias, lo confirmen o no los miembros del actual Gobierno local.
¡Y menos mal que eran obras pequeñas!, porque obras de infraestructura de gran envergadura pocas, escasamente algunas, al margen de las viviendas de promoción pública que tienen un claro financiador, el Estado. Es cierto que también están los campos de fútbol, el de golf, el parque de la Granja... etc pero todos ellos consisten en movimientos de terrenos y adecuación posterior y será mejor no entrar en detalles porque, para muestra, está el citado parque; añoro lo que pudo haber sido para el presupuesto que ha tenido y en lo que ha quedado: metros y metros de empedrado con escasa masa arbórea que habrá que esperar que aumente con el paso de los años. En fin, el parque ya tuvo sus prolegómenos antes de las elecciones locales de 1999, cuando se construyó la valla que lo delimita por un coste superior a los cuatrocientos millones de pesetas, ¡vaya alegría!.
Pero volvamos a la situación económica actual porque de eso se trata: los efectos del alegre gasto pre electoral se acaban notando al final del ejercicio y, quizás por ello, hay prisas para aprobar los presupuestos del ejercicio siguiente, para no tener que realizar sorpresivas modificaciones de crédito o, en último y desesperado caso, pedir un nuevo crédito bancario.
Así pues, nos encontramos que en los últimos días, auspiciado por el titular de Hacienda, Guillermo Frías, quien, al parecer, tenía mucha urgencia en aprobar los presupuestos para disponer de liquidez a uno de enero próximo, el Ejecutivo local, que tenía que revisar las tasas como paso previo, se lanzó a una subida general por aquello de contribuir a la inflación galopante que sufrimos en los últimos meses (a pesar de Pedro Solbes) y, claro, surgió la polémica en el pleno de la Asamblea en cuestión. La oposición señaló los espectaculares aumentos y el Gobierno justificó lo que pudo. Así lo pudimos escuchar o leer en días posteriores en los diferentes medios de información de ámbito local. De la dialéctica de esos momentos me llamó la atención una frase del presidente de la Ciudad, Juan José Imbroda, quien dijo más o menos lo siguiente: “La tasa del agua va a subir menos de lo que vale una Coca-Cola” y explicó que la subida consistía en 1,26 euros al mes para una familia de cuatro miembros (15,12 € al año). Así pues, con el botellín de refresco como unidad de referencia, busqué el recibo del IBI, que también ha crecido debido a la renovación catastral efectuada por Hacienda (la del Estado) y a que el Ayuntamiento de Melilla tiene uno de los tipos impositivos más altos de España, y resulta que este ejercicio tengo que pagar por lo menos 55 botellines más que en el anterior, y eso que la mitad de la vivienda pertenece al banco. ¡Ay el IBI!. Me acuerdo cuando Imbroda quería bajarlo (al 50 por ciento en la comisión de Economía del 18/03/99) tras la subida espectacular que realizó el “genio” que le había precedido en la Consejería de Hacienda, Nicolás Sánchez, quien fue el protagonista del aumento espectacular de ese impuesto que disfrazó diciendo que incluía también las tasas de basura pero..., ahí quedó, como las basuras que también nos cuestan, en pago aparte del IBI, unos cuantos botellines anuales.
Todo sube... y cuidado en las calles, se avistan cámaras de seguimiento y agentes armados con PDA para que no se escape una multa, la tecnología nos acecha aunque a las dos de la tarde, a la salida de los colegios, en los atascos entre calles cortadas por obras, las bicicletas nos sobrepasen. Cuidado, una sola sanción supone una caja de botellines.
En fin, los paganos, es decir, los votantes, tenemos ahora que sufragar, o regar con más botellines, las alegrías futuras y, encima, tenemos que escuchar de Guillermo Frías que gracias al reparto presupuestario: “Melilla se ha convertido, a nivel social, en una ciudad realmente progresista” me imagino que no lo dirá por facilitar el uso a bajo coste de instalaciones deportivas, ¡vaya subida!, consumes el refresco antes de jugar.
Al final todo se reduce a la capacidad económica que tiene cada cual. En determinados hogares, pongamos por ejemplo el de cualquier miembro del gobierno, consumir una coca cola es poco gasto ya que podría comprar por lo menos tres mil al mes pero, en otros hogares, es difícil que se consuma el refresco, pues se evaporaría en la cazuela y ésta quedaría vacía.
Cómo cambian los tiempos: hemos pasado de disparar con pólvora ajena a échate un botellín de los votantes.
¡A vuestra salud!.