Recuerdo que cuando era niño, en la ruta diaria por la Avenida hacia el colegio, al pasar frente al Casino Español siempre me distraía en observar, al otro lado de un curioso ventanal, a unos señores que allí estaban sentados en sillones ojeando o leyendo grandes periódicos que se mantenían firmes gracias a unas tablillas de madera que se insertaban en su interior. Esa imagen me ha acompañado el resto de mi vida como una idealización de lo que puede ser la lectura sosegada, algo que sólo comprenden aquellos quienes gustan de disfrutar de un oloroso café caliente (u otra infusión) mientras revisan los titulares del día o se sumergen en las páginas de un libro.
Pero, el tiempo pasa inexorablemente y cual apisonadora machaca los usos y costumbres. El Casino perdió aquella “ventana” a la Avenida y quedó postergada su entrada al otro lado, a la calle de atrás. Como muchos melillenses, entonces perdí de vista el interior de este centro y sólo, recuerdo, ya en la juventud, que visité el bingo para jugar alguna que otra partida en pandilla porque, entonces, quitando el Pub Bristol, el Chez Manú y otros lugares de ocio, poca actividad nocturna había en la ciudad.
Pasaron los años y a mediados de los noventa acudí a una rueda de prensa de la empresa FYDEMESA, aquella que quiso gestionar el puerto deportivo y, entonces, comprobé el estado en que se hallaba el edificio y, en especial, la biblioteca, un lugar con solera que evoca épocas pasadas, cuando el tiempo no transcurría tan rápidamente. Ya entonces la decadencia era visible y se podía augurar, tras echar un vistazo a mobiliario y estructura que poco tiempo le quedaba al casino.
Al tiempo comencé a leer en prensa los llamamientos que hizo el desaparecido Miguel Lence Bravo, quien dedicó sus últimos años a reflotar una nave que hacía aguas. De hecho, la situación era tal que, según he encontrado en la hemeroteca, el 10 de noviembre de 1999 durante más de cuatro horas miembros del servicio de bomberos se vieron obligados a trabajar en la fachada del edificio “con el fin de sanear cornisas y salientes para evitar que se desprendieran a causa del mal estado que presentan”. Al parecer, aquella campaña de «Sácale color», que tenía como objetivo rehabilitar las fachadas del centro de la ciudad, había pasado de largo.
En los archivos digitales también he encontrado que, por iniciativa de Lence, en mayo de 2001, los socios del Casino Español dieron el visto bueno para su conversión en Ateneo, lo que -se dijo entonces- iba a posibilitar que se retomaran ”las actividades que desarrolló durante muchas décadas del pasado siglo, antes de transformarse en el centro lúdico a que se había visto abocado en los últimos tiempos, debido a los graves problemas económicos por los que pasaba”. La decisión de los socios conllevó un cambio de los estatutos para posibilitar su inscripción en la Federación de Ateneos de España y “el dar a la ciudad de Melilla un nuevo centro en el que se permitiría usar la instalaciones para foros de literatura, exposiciones de pintura, conciertos de música, recitales de poesía... entre otro cúmulo de actividades que comenzarán a ser programadas una vez se solventen algunos problemas legales y,sobre todo cuando se proceda a la remodelación de las vetustas instalaciones, susceptibles de convertirse en muy poco tiempo, en el auténtico centro cultural que Melilla viene demandando”.
Las iniciativas no fraguaron y así lo pude comprobar hace unos días en mi visita al edificio, cuando mantuve la conversación con el actual presidente, Alberto Levy, germen del informe que precede a este artículo de opinión. Entonces me entretuve en soñar despierto e imaginé esos salones restaurados, con un mobiliario acorde a los eventos que en párrafos anteriores se han citado, decapada la madera, acuchillados los suelos de la época modernista,... todo un filón que está ahí, a la espera de que se rescate para el uso de una sociedad que se ha olvidado de su existencia. Tan sólo unos pocos fieles conservan, con su esfuerzo, un edificio que mantiene los recuerdos del pasado y que, podría, ser futuro de una ciudad que vive deprisa, deprisa...