Me gustan las manifestaciones por muchos motivos. Entre ellos, el que podemos conocer qué quieren los que se manifiestan y, en algunos casos, cuáles son los deseos más íntimos de los participantes pues la masa permite un cierto anonimato.
Además, las manifestaciones sirven para liberar adrenalina y así combatir el estrés que nos produce esta sociedad desarrollada en la que estamos envueltos y donde las reuniones han dejado paso a actividades más individuales. En nuestra rutina cotidiana la acciones grupales han quedado relegadas a un segundo lugar, ya que gastamos mucho tiempo frente a la pantalla de la televisión o disfrutando de la comodidad de nuestro hogar, por eso es bueno que nos juntemos para expresar nuestras inquietudes.
Abogo porque nos manifestemos una y otra vez, motivos los hay. Siempre habrá motivos para que la ciudadanía se exprese. Ejemplos no faltan. Yo, en concreto, me manifestaría todos los días para que bajasen los precios del transporte que nos une a la Península, tanto el aéreo como el marítimo. Me parece que los billetes del pasaje tienen unos precios abusivos aunque los responsables de las empresas y los políticos de turno llenen páginas de periódicos con la enumeración de tarifas especiales y porcentajes de tráfico de pasajeros. Éste es un ejemplo pero podría seguir por las listas de espera en la Sanidad...
Hay que manifestarse, es un sano ejercicio.
Ahora bien, hay formas y formas.
Cuando pienso en manifestarme lo hago con la intención de expresar mi postura sobre un tema y, además, pasármelo bien. Siempre, siempre, procuro no llevar estandarte alguno porque una cosa es expresar tu opinión y otra muy distinta es el alineamiento de las masas a través de los símbolos. Éso es otro tema muy diferente y a la historia me remito. En todo momento hay que tener en cuenta, para no equivocarse, a las manifestaciones-desfiles de los regímenes totalitarios, léase las concentraciones de Nuremberg de los nazis o los Primero de Mayo de los soviéticos. Son los casos más exagerados pero hay muchos similares no muy lejanos en el tiempo o en la distancia.
No defiendo que la manifestación sea un símil del carnaval pero sí que tenga algo de espontaneidad pues no me gusta el dirigismo. Sin embargo, nos hemos acostumbrado a éste. Da la sensación que no sabemos hacer nada de forma conjunta si no nos marcan el camino.
Así, no es de extrañar que, cuando dejamos todo en manos de los técnicos, la convocatoria de una manifestación se parezca al lanzamiento de un producto al mercado. Se contempla el mensaje, la oportunidad en fecha, el lugar de celebración y, luego, se mide el impacto y se realiza el seguimiento a través de los medios de comunicación. Teorías de la imagen y el marketing no faltan en estos tiempos en que todo es publicidad subliminal.
Por todo ello andan ahora midiendo el grado de impacto, el número de participantes, cuando hoy hay métodos casi infalibles que no dan lugar a interpretaciones.
Estamos en campaña y, durante unos meses, los electores somos el objeto final del mensaje publicitario y nos dan “cocinada” cualquier información, hasta la relativa a cuántas personas caben en un espacio determinado.
En fin, quiero manifestarle lector/a, de forma individual y nada espontánea, que seguiré saltándome cualquier dirigismo, sobre todo el informativo, y trataré de discriminar los mensajes pues nos llega mucho “correo spam” a nuestras retinas y oídos.