Era un “tipo peculiar”. Pertenecía a esa clase de hombres que no suelen tener moldes y del que siempre esperas que te sorprendan con una anécdota o un punto de vista singular sobre un hecho que tu ya conoces.
Le echaré de menos. Me había acostumbrado a verle superar, una y otra vez, su débil salud pues en él la lucha con la muerte se había convertido en rutina cotidiana.
Echaré en falta aquellas largas conversaciones de horas y horas, paseando por cualquier calle transitada de la ciudad, en las que nos poníamos al día de rumores y chascarrillos varios sobre la política local; sobre aquellos cuentos incompletos que uno de los dos conocía pero que había que ultimar para saber qué se estaba cociendo.
También le echaré de menos porque un día, cuando yo estaba mal, muy mal, vino a verme al hospital para cerrar un capítulo de desavenencias que habíamos tenido por ser él patrono y yo presidente de la “tribu” de periodistas locales. Siempre recordaré ese hecho y lo guardaré en mi memoria porque me demostró una amistad que otros más allegados repudiaron entonces.
Era un tipo peculiar. Un jugador de poker que aguantaba hasta el último momento, que aguardaba el turno de recuperar lo perdido porque conocía de sobra que, en cualquier momento, la suerte puede llegar.
En este último año nos habíamos visto poco, quizás porque la enfermedad limitaba sus movimientos y tenía que atar cabos sueltos. Por eso recuerdo como si fuera ayer el último encuentro en el que mostró su peculiar humor, aquel rato agradable que pasamos en el Hotel Puerto durante la comida de agasajo al presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero. Un almuerzo que dedicamos ambos a explicar el ámbito y financiación de los medios de comunicación locales a los componentes del equipo de prensa del presidente; risas e ironías no faltaron ante la presencia testimonial y sorprendida de Salomón Serfaty, administrador de “El Faro”.
Anécdotas quedan muchas en el recuerdo de estos casi quince años de relación, desde que un buen día José María Tortosa Navarro llegó a las instalaciones de “El Telegrama” de la mano de su vecino, Juan Lorenzo Olivares, entonces consejero delegado de la sociedad editora, quien le involucró en aquel proyecto que había nacido cojo y al que le pusieron tantas zancadillas amigos y enemigos. Me acordaré siempre de la posterior travesía en el desierto que tuvo que hacer Tortosa hasta que tomamos café en la cafetería Dalila, junto a Ignacio Velázquez y Jesús Pérez Sánchez, encuentro que sirvió para enterrar un hacha de guerra que habían levantado otros y que había llevado a la ciudad a una etapa de crispación.
Después vinieron sucesivos cambios en el Gobierno local y llegaron años de prosperidad, de “alquiler” que diría mi amigo, que le sirvieron para curar heridas económicas y preparar al medio para el futuro que queda en manos de su hijo. Ojalá tenga suerte.
En fin, anécdotas varias fluyen en mi mente en un día en el que he sentido su pérdida. Descanse en paz José María Tortosa.