Según he leído en un artículo del diario “El País”, firmado por Lola Galán, las polémicas frases de Benedicto XVI sobre el Islam se produjeron durante la impartición de una lección magistral en la Universidad de Ratisbona, el pasado martes 12 de septiembre, la cual versó sobre "Fe, razón y universidad". Según la periodista, la conferencia del pontífice tenía como objetivo defender la racionalidad del cristianismo, “la religión que surge de la convergencia de fe bíblica y filosofía griega, la religión que ‘creó Europa’”.
Las frases que han recorrido el mundo, al parecer, no son palabras del Papa, sino que éste reprodujo un debate mantenido entre el emperador bizantino Manuel II Paleólogo y un desconocido erudito persa, en torno al año 1391. Según la crónica, “Benedicto XVI lo utiliza para poner de relieve la contraposición entre la mentalidad del emperador bizantino, formado en la filosofía griega, y el credo musulmán”.
Lo cierto es que en la “Aldea Goblal” el rumor sobre lo dicho por el Papa, en contexto o fuera de él, ha recorrido todos los lares e interpretaciones de todo tipo se han dado. Creo que todos, por unos u otros motivos, nos hemos asustado de las consecuencias que han evidenciado, una vez más, la inestabilidad permanente en que vivimos.
Este nuevo episodio, después de la polémica de las caricaturas, trae a primer término de la actualidad el viejo debate sobre libertad de expresión y el respeto a las creencias; al que hay que añadir el “efecto mariposa” que multiplica por millones las interpretaciones de la noticia sin que, realmente, se tenga constancia exacta de cómo se produjo ésta.
Me aterra que la rapidez de los actuales medios informativos, al propagar el hecho noticiable y sus interpretaciones, pueda producir una alineación de masas en torno a una idea en cuestión de horas, minutos. Así lo hemos vivido en estos días en los que se ha quebrado la frágil paz, por no decir conflicto latente, entre civilizaciones.
Antes, en décadas pasadas, los errores se podían corregir rápidamente y existía la posibilidad de impedir que éstos produjeran nefastas consecuencias. Hoy no hay tiempo, lo hemos visto en estos días, el tiempo no existe, está la inmediatez de la respuesta: las réplicas llegan antes de que las ondas informativas del hecho desencadenante, o la interpretación sobre éste, acaben de propagarse.
Para bien o para mal, hemos entrado en otra época y en la “Aldea global”, en cuestión de segundos, los mensajes son imparables pues viajan a la velocidad de la luz. Tenemos otro ejemplo en la actualidad de hoy: en Hungría se ha levantado el pueblo en pocas horas al conocer unas manifestaciones de sus dirigentes, en las cuales reconocían que habían mentido sobre la economía del país; el rumor o la noticia han corrido como la pólvora y la réplica popular ha sido inmediata.
En fin, está claro que habrá que pedir prudencia en sus declaraciones a líderes y creadores de opinión porque es posible que antes de terminar el acto en que éstas se produzcan, ya existan réplicas en cualquier punto de orbe. Pero, si se actúa de esta forma, ¿no será en la práctica una forma de auto censura?.