Qué lejos queda en el tiempo el proceso que llevó a la actual situación del conflicto del Sahara y da la sensación de que éste se va a perpetuar eternamente pues no se atisba solución en el horizonte, según ha reconocido recientemente el nuevo enviado especial a la zona del secretario general de la ONU, el holandés Peter van Walsum, quien ha asegurado que la postura de todos los actores implicados es "casi irreconciliable".
Treinta años se cumplen mañana del inicio de la "Marcha Verde". Esta efemérides sirve para analizar el tiempo transcurrido que separa a nuestro actual país de aquella España que tenía a su caudillo enfermo de muerte y los hombres del régimen se movían inquietos y temerosos ante la coyuntura internacional y, sobre todo, ante la evolución que mostraba la situación interior en la que a duras penas se mantenían ocultas las agitaciones de las universidades y las grandes fábricas, lugares donde los sindicatos clandestinos y las organizaciones estudiantiles realizaban el trabajo de zapa de socavar la posible continuidad del sistema.
Aquella España temerosa del futuro inmediato tuvo que cerrar a prisas aquel problema surgido con el vecino del sur, dejando a éste la administración del territorio saharaui, y dedicarse a coser las heridas internas que ya duraban cuarenta años para encaminarse hacia el presente democrático que hoy disfrutamos.
El destino ha sido generoso con la voluntad de los españoles: España hoy en día es un estado modélico por la evolución que ha tenido en treinta años, que ha pasado, por ejemplo, de ser emisor de población emigrante a receptor; o de ser foco de atención de denuncias por la vulneración de los derechos fundamentales de las personas a liderar la persecución de genocidas en los tribunales a nivel internacional; de tener una economía autárquica destrozada por la "Crisis del Petróleo del 73" a una economía expansiva, a través de empresas que se esparcen por todo el mundo, y coordinada con los otros países de la Europa del Euro... e innumerables diferencias más, que usted conoce como yo lector/a, que han convertido a España en un país con voz propia y reconocida en el ámbito internacional.
La casualidad ha querido que en este trigésimo aniversario de los problemas del sur se hayan vivido acontecimientos que nos han hecho mirar hacia esa zona, porque casualidad ha sido que hayamos seguido con la mirada de la televisión a los inmigrantes, caídos en las redadas junto a Melilla, en su camino hacia el Sahara, a los límites de la tierra habitable, a la zona que reclaman como propia los saharauis.
Treinta años llevan de conflicto en esas tierras inhóspitas que, además de fosfatos y pesca en el litoral, pudiera albergar petróleo y por ello es foco de atención de las grandes multinacionales del sector. Puede ser casual pero desde que se produjo el hallazgo de petróleo en la zona anexa de Mauritania, no olvidemos el reciente golpe de estado en este país, las manifestaciones en el Sahara se han multiplicado, algo impensable diez años atrás, y Marruecos ha tenido que reforzar la presencia de sus fuerzas de seguridad en la zona.
Mientras, la España actual, el estado moderno y democrático que no se parece en nada al de hace treinta años, duda sobre el papel que debe jugar como antigua administración colonizadora, actuación que le reclama el Polisario, organización que está encardinada con la población española de la que se nutre para mantener su principal núcleo poblacional, la capital de la resistencia a la integración en Marruecos, Tindouf, localidad que está en Argelia, el otro vecino cercano con el cual Marruecos nunca acaba de entenderse ni siquiera para abrir la frontera que les separa.
Y en esta región del continente africano, en esta coyuntura, estamos nosotros, nuestra pequeñísima ciudad, aunque, a veces, pensemos que el conflicto del Sahara queda muy lejos. Debemos estar atentos a los acontecimientos venideros porque es nuestro entorno cercano.