Nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena y puede que tenga esa sensación tras observar como el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI) se ha convertido en escenario o pasarela de moda donde todo el mundo quiere salir fotografiado.
El problema, o mejor dicho, el flujo de la inmigración ilegal en Melilla no es nuevo pues ya se han cumplido quince años desde aquellos días en que unas personas, que constituían la avanzadilla de este movimiento, llamaron a las puertas de Cruz Roja para ser acogidos en el edificio del antiguo hospital. Desde entonces, en esta ciudad, hemos sido testigos de una serie de fases que se pueden datar cronológicamente por las crisis que llevó a Melilla, en repetidas ocasiones, a ser foco de atención de los titulares de prensa.
La experiencia, a veces, sirve para distinguir más allá de los hechos tangibles del momento y buscar similitudes en anteriores sucesos. Ahora, tengo la sensación, como en anteriores ocasiones, que se busca como prioridad soluciones coyunturales que palien las deficiencias detectadas y que son foco de noticias.
Hemos avanzado mucho desde aquellos tiempos y de otros más recientes, como aquellos días en los cuales vivían más de mil quinientas personas en la Granja Agrícola y el cementerio de automóviles en condiciones infrahumanas. Ya nadie se acuerda de aquella crisis que trajo como buen efecto secundario la construcción del actual CETI que nació pequeño, ya se dijo entonces, aunque hay que reconocer que fue un avance significativo en la atención humanitaria. Sin embargo, aunque se ha avanzado en la utilización de medios materiales y sanitarios para la atención de la población inmigrante, sólo se han dado tímidos pasos para la integración real de estas personas en la sociedad a la que quieren pertenecer.
Es cierto que existen programas de formación y de integración para los residentes en el CETI pero no cubren las reales necesidades de unas personas que suelen estar, al menos, varios meses en la ciudad. La prueba es el gran porcentaje de estas personas que salen a las calles a buscarse la vida o a matar el tiempo. Quizá en este tema se echa de menos una actuación conjunta entre las dos Administraciones, central y local, para desarrollar programas que cubran el aprendizaje del castellano y cultura española, formación laboral y búsqueda de empleo en la Península, así como la realización de actividades de ocio y entretenimiento para paliar la desesperanza que conlleva la larga espera motivada por complejos trámites burocráticos.
En resumen, se echa en falta un proyecto parecido al que desarrolló el Pacto Territorial por el Empleo y que fue abortado por la cortedad de miras de los políticos de entonces que no supieron entender que, además, su puesta en funcionamiento conllevaba la creación de muchos puestos de trabajo para los melillenses dentro del apartado social de lo que se denomina Nuevos Yacimientos de Empleo. Hoy, se puede aprender de los errores del pasado y elaborar un programa perfeccionado y adaptado a las necesidades actuales, tanto de la población inmigrante como del mercado de trabajo que demanda mano de obra en las áreas que no quieren cubrir los españoles.